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La plataforma abre la puerta a remixes y covers con IA y traslada a la industria el coste de definir las reglas.

Spotify presentó resultados del cuarto trimestre de 2025 y, sí, hubo muchas cifras a analizar. Pero lo importante no fue el número de suscriptores ni el margen. Lo importante fue el marco mental que la compañía decidió poner encima de la mesa: la IA ya no es una línea más en el discurso, es el centro del tablero.

Y cuando la plataforma de streaming más grande del mundo te dice, con naturalidad, que la música generada al cien por cien con IA “no es su decisión” y que lo verdaderamente jugoso son los remixes y covers generados por fans dentro de Spotify, conviene leerlo como lo que es: un avance de producto y, sobre todo, un avance de poder.

La llamada de resultados que sonó más a manifiesto de IA que a negocio musical

En la presentación de resultados, la IA fue casi el centro del debate y la atención. No solo porque los analistas preguntaran, sino porque los ejecutivos empujaron esa narrativa como si fuera la gran tesis corporativa de 2026.

Ahondaron en la idea de que la IA representa una oportunidad comparable a internet o a los smartphones. Y, desde esa óptica, más contenido no es un problema para Spotify. Es una ventaja. Porque cuanto más crece el catálogo, más valiosa es la capa que decide qué escucha cada usuario en cada momento.

Traducción: Spotify quiere ser todavía más imprescindible como filtro y como motor de personalización.

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El flechazo con Claude y lo que significa cuando los ingenieros dejan de escribir código

El momento más revelador no fue un gráfico, sino una anécdota. Gustav Söderström (el CEO) contó que pasó las vacaciones de Navidad enganchado a un modelo llamado Claude y que, con la llegada de una versión concreta en su entorno de programación, “todo empezó a funcionar”.

La clave aquí no es el nombre del modelo, sino lo que se normaliza en público: Söderström afirmó que sus mejores desarrolladores no han escrito ni una sola línea de código desde diciembre, que ahora generan código y lo supervisan.

Además, describió un flujo interno que roza lo distópico por lo cotidiano: pedirle a Claude que arregle un bug o añada una función, recibir una compilación funcional por Slack en el móvil, probarla y empujarla a producción antes de llegar a la oficina.

Si una empresa reduce radicalmente el coste de desarrollar producto, aumenta su capacidad de moverse más rápido, probar más cosas, cerrar más funciones dentro de su ecosistema y, sobre todo, expandir margen.

Y ese margen extra no va automáticamente a ningún sitio que beneficie a creadores. No existe un mecanismo “natural” que convierta eficiencia tecnológica en mejor reparto.

Dos tipos de música con IA según Spotify

Söderström dividió la música generada con IA en dos categorías.

Música “net new”

Música original creada desde cero con herramientas de IA. Aquí Spotify adopta una postura muy cómoda: no quieren ser árbitro de herramientas. Plantean la pregunta como si fuera equivalente usar guitarra eléctrica, sintetizador, estación de trabajo digital o IA. Incluso se preguntan si hay que hablar de porcentajes de intervención.

Lo que sí quieren, y hacen mucho hincapié, es cuidar los metadatos.

“Derivatives”

Aquí es donde cambia el tono. Se refieren a “derivatives” a los remixes, covers y reinterpretaciones generadas con IA a partir de música existente. Spotify los describe como una oportunidad sin explotar para que los artistas moneticen su propiedad intelectual, casi con el paralelismo de cómo el cine y la televisión exprimen IPs durante años.

Spotify dice que la tecnología ya está lista para habilitarlo. Lo que falta es el marco de derechos. El freno, según ellos, son las licencias.

Por qué los “derivatives” son el verdadero producto para Spotify

Spotify no está hablando solo de una herramienta creativa para fans. Está hablando de un formato de consumo que puede generar más tiempo de escucha, más retención, más interacción con catálogo y más “contenido nuevo” sin depender de lanzamientos tradicionales.

Söderström afirma que “todo lo que vemos” indica que los oyentes quieren interactuar con su música favorita y que muchos artistas quieren permitirlo.

La pregunta económica que nadie responde: ingreso adicional o dilución

La industria debería hacer una pausa aquí, porque la cuestión no es si el fan puede hacer un remix. La cuestión es cómo se contabiliza ese consumo y quién captura el valor.

Hay al menos tres preguntas que deciden si esto es realmente “aditivo”.

¿En qué pool entra el consumo de los derivatives?

Si las escuchas de derivados compiten en el mismo fondo de royalties que el resto, lo que se crea es un escenario de dilución: más reproducciones peleando por el mismo dinero.

¿Qué margen se genera cuando el contenido cuesta menos?

Si Spotify llena espacios de escucha con contenido derivado de coste inferior, el margen potencial de la plataforma sube. Y la historia de Spotify, cuando se trata de márgenes, no invita a pensar que vayan a repartirlo por iniciativa propia.

¿Cómo se reparte el valor entre obra original, derivado y plataforma?

Un cover o remix generado con IA toca varias capas: la composición, la grabación, la marca artística, la experiencia del usuario, la distribución y el algoritmo. Sin reglas claras, el reparto lo define quien tiene la palanca del producto.

La transparencia de Spotify volvió a brillar por su ausencia.

Se preguntó directamente qué porcentaje del catálogo de la plataforma es IA y cuánta música hecha con IA entra cada día. Spotify se negó a dar cifras.

Ese silencio dice mucho. Si la cifra fuera pequeña, sería fácil decirlo. Si tuvieran un sistema de detección y un relato redondo, lo contarían. Cuando no hay número, la sensación es que el número molesta, o que no quieren fijarlo en una transcripción.

Y mientras tanto, hay plataformas que sí ponen números encima de la mesa. Deezer, por ejemplo, afirma que recibe más de sesenta mil canciones generadas íntegramente con IA cada día, aproximadamente el treinta y nueve por ciento de las subidas diarias. También dice que su detección etiquetó 13,4 millones de canciones IA a lo largo de 2025 y que hasta el ochenta y cinco por ciento de las reproducciones de esas canciones fueron fraudulentas.

Spotify y Deezer reciben envíos de los mismos distribuidores. Si esos volúmenes son reales en un lado, es razonable pensar que el fenómeno no es marginal en el otro.

“Más contenido es bueno” para Spotify, pero no necesariamente para artistas

La tesis de Spotify es sencilla si se crea y se sube más contenido, la personalización se vuelve más importante. Y Spotify es bueno en personalización. Por tanto, más contenido beneficia a Spotify.

El problema es que lo que para Spotify es una ventaja, para un artista puede ser un muro más alto: más competencia por atención dentro del mismo entorno y, además, una mayor dependencia del algoritmo.

Spotify mencionó que en veinte años el catálogo pasó de decenas de millones a cientos de millones y que “están acostumbrados” a eso. La diferencia es que la IA puede multiplicar el volumen a otra velocidad, no por décadas, sino por meses.

El foso que se está construyendo: datos, lenguaje y agregación

Hay una idea estratégica que aparece entre líneas: a medida que baja la fricción de crear contenido, el poder se concentra en la capa de distribución. Es la tesis de la agregación.

Spotify describe algo aún más ambicioso: construir un conjunto de datos que conecte lenguaje natural con preferencias musicales. No solo canción a canción, sino idioma a canción. “Música para entrenar” no es un hecho, es una opinión, y cambia por país, cultura, persona y contexto. Para construir ese mapa necesitas cientos de millones de usuarios dándote señales constantemente.

Ese conjunto de datos sirve para recomendar mejor. Pero también sirve para otra cosa, si puedes modelar lo que alguien quiere oír a partir de una descripción, puedes recuperarlo del catálogo existente o generarlo. La infraestructura es parecida. La frontera entre “te muestro algo” y “te lo creo” se vuelve difusa.

El marco de derechos, clave

Spotify repite que el obstáculo es la ausencia de un marco de derechos claro. En realidad, esa frase puede leerse al revés: el marco de derechos será la pieza que decida quién gana.

Porque el riesgo no es solo que existan derivados. Es que existan derivados con acuerdos opacos, con reglas distintas para distintos titulares de derechos y con un cálculo de valor que no se conozca fuera de las plataformas.

Cuando una plataforma está en posición de definir términos, el “marco” no es neutral. Es una ventaja competitiva.

Foto de David Pupăză en Unsplash

Borja Martin

Marketing & PR en SFTL

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