Una coalición global de organizaciones de artistas, compositores y mánagers reclama frenar el opt-in por defecto en los acuerdos de licencia de inteligencia artificial. La innovación no puede usarse para pasar por encima de los derechos de los artistas.
El 22 de junio una coalición internacional de organizaciones de artistas, compositores y mánagers publicó una carta abierta dirigida a las discográficas y editoriales que están cerrando acuerdos de licencia con empresas de inteligencia artificial. El reproche de fondo es de hipocresía y está formulado sin rodeos. Los sellos y las editoras exigen, con toda la razón, que las compañías de IA pidan permiso para entrenar sus modelos con los catálogos musicales. Sin embargo, no están dispuestos a reconocer ese mismo derecho a los artistas y autores cuyas obras, voces e interpretaciones son lo que da valor a esos catálogos.
Esta protesta llega después de un año de acuerdos sonados entre la industria y las grandes plataformas de IA musical, como Suno, Udio, ElevenLabs o Klay. Warner, Universal y Sony figuran entre las majors que ya han firmado, junto a agregadores como Merlin y Kobalt. El sector ha entrado de lleno en la licencia de IA. Lo que plantea esta carta es quién está decidiendo esas licencias y quién se está quedando fuera de la conversación.
El detonante: el consentimiento por defecto
El centro de la denuncia es un patrón que medios como Billboard ya habían comentado Los artistas con contratos vigentes están recibiendo cartas de sus sellos y editoriales que los inscriben por defecto en usos vinculados a la IA, con un margen real de elección mínimo o inexistente. A quienes firman contratos nuevos se les presentan las cláusulas de IA como condición estándar de la firma. Hay casos concretos señalados en el sector, como los de BMG, Sony y Believe. Entre ellos, una cláusula que otorgaba derechos ilimitados y exclusivos para emplear las grabaciones en modelos y sistemas de IA generativa, incluido su análisis para extraer patrones con fines de entrenamiento.
El resultado, según la carta, es un desequilibrio serio. Se pide a artistas y compositores que den permiso sin información suficiente, sin términos claros y sin remuneración garantizada.
Inputs y outputs
Aquí está la clave técnica y jurídica del conflicto, y conviene no perderla de vista. Buena parte de los anuncios de estos acuerdos ofrecen al artista la posibilidad de decidir sobre el uso de su nombre, imagen o semejanza. Es decir, sobre los outputs, sobre lo que el modelo genera. Pero el entrenamiento del modelo, el input, el uso de las grabaciones para alimentarlo, queda fuera de esa conversación y rara vez se menciona.
Ahí aparece el verdadero riesgo de fondo. Varios abogados especializados han advertido de que algunos sellos sostienen que el lenguaje genérico de licencia y explotación de los contratos discográficos, especialmente en Estados Unidos, ya les permitiría inscribir las obras para entrenar a sus socios de IA sin necesidad de aprobación individual del artista. La cláusula que un artista firmó hace años pensando en la explotación comercial de su música podría reinterpretarse hoy para autorizar su uso como material de entrenamiento de un modelo generativo.
Tres principios y tres líneas rojas
Frente a este escenario, la carta no se limita a denunciar y propone un marco. Reclama que discográficas, editoriales, responsables políticos, empresas de IA y plataformas digitales respeten tres principios.
Consentimiento y control. El artista debe dar un consentimiento activo y específico antes de que su obra, voz, interpretación o identidad creativa se use en relación con la IA. No vale enterrarlo en cláusulas genéricas, no puede imponerse mediante opt-ins por defecto y no debe ser condición para firmar un contrato. Y debe poder decirse que no sin miedo a represalias.
Compensación justa. Cuando el artista decida participar, debe recibir una remuneración real y compartir el valor generado por su obra. No puede tratarse como un activo más del sello. Tiene que estar claro qué porcentaje de los ingresos va al creador, al sello y a la empresa de IA.
Claridad y transparencia. Las solicitudes deben ser específicas para cada uso. Artistas, compositores y mánagers necesitan información comprensible y a tiempo sobre qué derechos abarca el acuerdo, qué usos permite, qué salvaguardas existen, cuánto dura el permiso y cómo se puede retirar el consentimiento.
A partir de ahí, la coalición pide a las compañías un compromiso público y explícito en torno a tres líneas rojas. Nada de opt-ins por defecto, nada de cláusulas de IA forzadas y ningún uso de la obra, la voz, la interpretación o la identidad creativa del artista sin consentimiento real, remuneración justa y transparencia total.
El peso de quién firma
La fuerza del documento está también en la lista de firmantes, que dibuja un frente inusualmente amplio. Aparecen la European Music Managers Alliance, la European Composer and Songwriter Alliance (ECSA), la Music Artists Coalition, Songwriters of North America (SONA), la International Artists Organization (IAO), la Artists Rights Alliance, la Black Music Action Coalition, la Featured Artists’ Coalition y los Ivors Academy, entre otras. A ellas se suma una larga nómina de foros de mánagers nacionales de toda Europa, Norteamérica y Oceanía. No es la queja de un colectivo aislado, sino una posición coordinada del eslabón que representa directamente a quienes crean y a quienes los gestionan.




