Arde Bogotá cambia la cola virtual por la cola de toda la vida para presentar su tercer disco con ocho conciertos de aforo pequeño, los Hervideros, y las entradas se venden únicamente en la taquilla de cada sala, dos por persona. Esta misma semana Oasis abrió el registro para su directo de 2027 y dejó claro que no habrá venta general ni preventas. Para conseguir las entradas hay que inscribirse, esperar a que te llegue un código personal e intransferible y comprar en la franja horaria que te asignen. Una banda te manda a la calle y la otra a un formulario, pero en los dos casos hace falta pasar por un filtro antes de poder gastarte el dinero.
Detrás está el mismo problema, que es la reventa y los bots comiéndose entradas que deberían acabar en manos del público. La respuesta, en ambos casos, es meter barreras a propósito. Quien está dispuesto a plantarse en la puerta de una sala no suele ser un especulador, y un código atado a un correo concreto vale poco en el mercado secundario. El coste lo pagan los que viven lejos, trabajan ese día o simplemente no tienen suerte en el sorteo. Y no es menor ese coste. Habrá fans que se quedarán fuera por imposibilidad física o por azar, no por falta de interés, y todo para esquivar a los especuladores. Habrá que ver si existe un punto intermedio o si toda barrera contra la reventa acaba llevándose por delante a parte del público al que quiere proteger.
Lo que conviene mirar desde el lado del negocio es que esto ya no es logística invisible. La forma de vender se ha convertido en mensaje, en titulares y en conversación durante las semanas previas a la salida a venta, y funciona porque la demanda lo permite y lo exprime.
Imagen de portada: Goldorak, Arde Bogotá.




