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Los datos de este año dicen que el CD ha subido un 16% en EE. UU. en el primer semestre, que el casete creció un 53% en Reino Unido el año pasado y que el vinilo, en cambio, ha frenado claramente después de años de fuerte crecimiento. La lectura fácil es la nostalgia. La real es económica. A cuarenta o cincuenta euros el disco, el vinilo se ha convertido en un objeto de lujo y ha dejado de ser una compra impulsiva, mientras que el CD vuelve a ser asumible para quien quiere tener algo del artista que le gusta y apoyarle. Y el K-pop, que entendió esto hace años, vende discos que muchas veces ni siquiera se compran para reproducirlos: se compran las fotos, el libreto o la versión de tu miembro favorito. El disco ha dejado de competir como sistema de reproducción y compite como objeto de colección.

El streaming lleva la música a mucha gente, pero convierte peor el interés de un fan concreto en una compra directa. Ahí aparece el objeto. En Bandcamp, el merchandising ya supone alrededor de la mitad de las ventas aunque menos del 20% de los lanzamientos tengan producto físico asociado. Y hay una capa más. Cuando un artista o banda empieza a fabricar y vender productos alrededor de una grabación, algunas cuestiones que podían permanecer difusas pasan a tener consecuencias muy concretas. Quién es titular del máster y qué se acordó con quien financió la grabación. Hasta dónde llega la cesión del diseñador si una portada termina también en una camiseta. Qué permite el contrato de distribución respecto a la venta directa. O qué porcentaje se queda una sala del merch vendido esa noche. El físico puede ser una buena forma de monetizar el fandom, pero también obliga a ordenar bien qué se está vendiendo, qué derechos existen y como hacer el reparto.

Borja Martin

Marketing & PR en SFTL

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